Hoy marchamos porque la violencia contra las niñas y las mujeres todavía se trata con demasiada frecuencia como algo incidental. Algo trágico. Algo personal. Pero la violencia de género no es un hecho aislado. No es algo aleatorio. No es algo raro. Está entretejida en el tejido de nuestra sociedad.

Cuando hablamos de violencia de género, hablamos de proceso continuo. No comienza con un daño visible. Empieza mucho antes: con el sentimiento de derecho, con bromas que se dejan pasar, con límites que se ponen a prueba, con el silencio. El daño grave no aparece de la nada. Crece en una cultura donde los límites de las mujeres son negociables y su incomodidad es minimizada. Donde se nos enseña a cuestionarnos a nosotras mismas antes de cuestionar al agresor.

Esto lo sé no solo por mi trabajo, sino también como sobreviviente. Sé lo que significa hacerse pequeña ante algo que aún ni siquiera es visible. Preguntarte si estás exagerando. Cargar con una vergüenza que nunca fue tuya.

Y también sé lo que significa sobrevivir. Reconstruirse. Recuperar tu cuerpo y tu voz. Pasar de la vergüenza al poder.

Por eso fundé The Safe Space Club. Porque la seguridad no es un privilegio y la sanación no es un lujo. Son derechos. Especialmente para niñas, mujeres, trabajadoras sexuales, personas queer y refugiadas y migrantes sobrevivientes que enfrentan la violencia no solo en espacios privados, sino también dentro de instituciones y sistemas que nunca las consideraron.

La violencia de género no es solo física. Es psicológica, económica, sexual y digital. Está profundamente conectada con el poder. Si realmente queremos acabar con ella, no podemos limitarnos a reaccionar cuando el daño ya es visible. Debemos intervenir antes. Debemos cuestionar ese sentimiento de derecho. Debemos normalizar el consentimiento. Debemos dejar de minimizar el daño.

La violencia rara vez empieza de golpe. Crece en pequeños pasos que se toleran. Y cada paso que queda sin cuestionarse abre espacio para el siguiente. Hacer visible la violencia no consiste en crear miedo, sino en crear claridad. Porque cuando podemos nombrarla, podemos interrumpirla. Y cuando la interrumpimos, empezamos a cambiar la cultura. La marcha es poderosa. Pero el movimiento no termina aquí. El movimiento es lo que
hacemos mañana. En nuestras escuelas. En nuestros hogares. Con nuestras amistades. En esos momentos en los que decidimos no guardar silencio.

Necesitamos responsabilidad.
Necesitamos sanación.
Y nos necesitamos unas a otras.
No solo hoy. Todos los días.

Porque esto no es un momento.
Es un compromiso.